Adriana Murad Konings. Escritora. Los idólatras y todos los que aman (ed. Anagrama) los inquilinos FIRMA INVITADA No entiende que el niño se lo tome tan en serio. Ella ayuda, pero él no deja de cuestionar sus decisiones. Por qué ese color en la pared, por qué la escalera de caracol, por qué no unos centímetros más de techo. Sus preguntas, opiniones y reproches son de una precisión obsesiva, nada lúdica. Ella no lo entiende. Cuando cuida de un niño, sabe rebajarse a su nivel, juega, se deja llevar, espera a que vuelvan los padres. Pero la precisión técnica que le exige la situación le hace sospechar: entre todas las niñeras que podrían contratar, la han ele- gido a ella. No pueden saber que ella solo busca una ocupación tem- poral, que nunca se vio como arquitecta, que eligió una carrera con la ligereza con la que decidía qué camiseta ponerse por la mañana. El problema real empieza cuando el niño exige que todo funcio- ne. ¡Sí, todo!, insiste, y le tiende un circuito eléctrico que podrán co- nectar desde la parte exterior de la casita. ¿Por qué tanta perfección en un mero juguete? Los padres le han dicho que su niño era especial, le gusta cons- truir cosas, por eso te llamamos. Quiere jugar, es normal, ha dicho ella. No es un juego, le han respondido antes de marcharse a su cena. Horas más tarde, lo que solamente era un esqueleto de una bo- nita casa de muñecas va tornándose en todo un edificio. Ella apenas siente las manos, y eso que los detalles más difíciles los introduce el niño con sus deditos: los muebles en el ángulo perfecto, los in- terruptores para las diminutas bombillas y hasta pequeñas tuberías que llevarán el agua de un pequeño contenedor colocado junto a la fachada. Basta con cambiarlo una vez al día, los deshechos irán a este otro de aquí, dice él y señala una cajita negra en la parte trasera del edificio. A ella se le cierran los ojos, pero el niño ultima los deta- lles: las alfombras, la ropa de cama, diminutas porciones de comida, grifos del tamaño de una chincheta… Ella no opina, le deja hacer, no quiere corregirlo: eso sería hablar en sus términos, admitir que es una construcción seria. Entonces, el niño coloca la fachada principal frente a las habitaciones y la pega. Así, la casa queda cerrada. No hay mecanismo de apertura alguno, el edificio es sólido y ya no se parece en nada a un juguete. El niño observa una vez más su creación, la luz cálida de las dimi- nutas bombillas se cuela por las ventanas. Coge a la niñera de la mano y salen, cierran la puerta y se acu- rrucan en el sofá. Ahora solo debemos esperar, dice, los inquilinos apreciarán su nuevo hogar. ¿Quiénes?, quiere preguntar ella, pero el niño se ha quedado dormido en su regazo. Ella podría dormir hasta la llegada de los padres, pero no puede apartar los ojos del dormi- torio del niño. Escucha entonces unos pasos casi imperceptibles y el chirrido de la puerta por la que se entra a la casita que han cons- truido juntos. © Ricardo Murad