Inma Benedito. Escritora y periodista. Too Match: un abecedario de fracasos amorosos (ed. Plaza & Janés) es su último libro. un ático FIRMA INVITADA Hoy es un gran día para Enrique. Lo piensa mientras se mira al espejo. No solo lo piensa, también lo dice: hoy va a ser un gran día, y termina de anudarse la corbata verde esmeralda. Tiene tres del mismo color, pero hoy se ha puesto la buena, la de Emidio Tucci. Si todo sale bien (y todo saldrá bien, pues hablamos de una firma en notaría y no de una cirugía a corazón abierto), estará un paso más cerca de controlar el imperio. Como mínimo, de fundar el suyo propio. Son las siete de la mañana y Enrique mira embobado el amanecer desde un vagón de cercanías que se aleja de Parla con destino Madrid. Es su nonagésimo primer día en el trabajo y por fin le han asignado una compraventa. Cuarenta y cinco metros cuadrados. Un tercero interior con muchos espejos para proyectar la luz natural. Reformado, habita- ción doble con baño en suite, grifería negro mate, cocina independiente y cinco farmacias a menos de 500 metros. No entiende quién necesita tantas farmacias cerca, pero le obligan a decirlo como parte del Padre Nuestro de cada día: Arganzuela es un barrio moderno, lleno de vida y en plena transformación que ofrece grandes rentabilidades. Ha quedado en la notaría con las compradoras, que caminan con un teckel pisándoles los talones, y a las que tiene que tratar de usted pese a sus miradas de odio. La parte vendedora es su jefe, cosas del imperio. Le confiaron la joya de la corona de este mes y, lejos de de- fraudar, ha conseguido mantener la oferta inicial (y con ella el 5% de comisión intacto) y convencer a las compradoras de que contraten el servicio asociado de gestión hipotecaria con el que se ha embolsado otros 4.000 pavos. Si todo sale bien (y todo saldrá bien), le dirá adiós por siempre a los alquileres. Está harto de perdedores peleándose por un semisó- tano. Los alquileres son el Vietnam de los agentes inmobiliarios: solo sobreviven los que valen. Dicen que el emperador también empezó desde abajo, igual que él, igual que hacen en Zara, otro imperio. El trabajo duro tiene recompensa. Él sueña con un ático de obra nueva en uno de esos edificios que la gente llama Vitaldent por sus facha- das blancas, homogéneas. Enrique no sabe que los llaman así, pero si lo supiera le parecería bien. Mejor un edificio Vitaldent que otro con halitosis. La notaria es la más barata del distrito. Les recibe frente a su es- critorio, con un cenicero a rebosar de colillas y voz de traqueotomía. Va rápido: leen, firman, entrega de llaves, apretón de manos y Enrique sale pitando. Quiere pasar por la ofi, celebrar la hazaña y, sobre todo, quiere ver al emperador y que el emperador vea su sonrisa triunfal, su corbata buena. Cuando llega no hay nadie. Sobre su mesa, un pa- quetito envuelto en papel plateado con un lazo verde esmeralda. En- rique sonríe. Es cosa del emperador, pero no lo abrirá hasta llegar a casa. Casi no aguanta las ganas en el cercanías. Llega a Parla, baja del vagón y corre, sube las escaleras de dos en dos, saluda a su madre con prisas y se encierra en la habitación. Allí contiene la respiración al abrir el regalo. Lo estaba esperando: coge el bloque blanco de Lego con aire solemne y lo encaja cuidadosamente frente a una ventanita de plástico que conforma una terraza blanca, homogénea. Ya solo le quedan cuatro plantas para llegar al ático. © Ana Beltrán