Construcción subterránea / URBANISMO los conflictos mundiales fomentaron la construcción de búnkeres en pueblos y ciudades para resguardar a la población civil de los desastres de la guerra. En la actualidad, algunos arquitectos abogan por esta forma de construir para abordar aspectos como la efi- ciencia energética, la conservación del medio ambiente y la adaptación a condiciones climáticas extremas. Y es que el desarrollo de la construcción subterránea tam- bién pone sobre la mesa cuestiones relativas a la pro- piedad del terreno, las posibles limitaciones de uso y profundidad o los riesgos que estuviéramos dispuestos a asumir al desarrollar nuestra vida bajo tierra. Uso y disfrute. Una de las primeras preguntas que sur- gen a la hora de plantear este tipo de construcción es a quién pertenece la propiedad de ese suelo. Mientras que en algunas ciudades como Londres los derechos de propiedad del subsuelo están relacionados con la propiedad en la superficie, otras los han separado de esta. La Ley de Utilización de Subterráneos Profundos de Japón, de 2001, establece que en las áreas metropo- litanas de Tokio, Osaka y Nagoya todo aquel que desee construir y gestionar el espacio subterráneo no necesita permiso del propietario en superficie. Otra cuestión importante es determinar la profun- didad para excavar, puesto que son muchos los servi- cios que se alojan en el subsuelo. Así, Singapur, uno de los países del mundo más afectados por el excesivo desarrollo urbano, ha establecido ese límite en 30 me- tros; mientras que en Tokio se considera que por debajo de los 50 metros la propiedad pertenece al Estado. En cuanto al uso del espacio subterráneo, debe ser com- patible con las actividades que se lleven a cabo en el exterior. Además, hay que analizar con detalle cuánto se va a usar teniendo en cuenta una serie de aspectos como la salud y la seguridad. Ciudades bajo el suelo. Tal vez fuera por el calor o por la necesidad de defenderse de los enemigos, lo cierto es que, hace milenios, el hombre vivía bajo la faz de la tierra en urbes que hoy son una atracción turística. La región turca de la Capadocia cuenta con algunas de las ciudades subterráneas más fascinantes. Una de las últi- mas en ser conocida ha sido la de Nevsehir que, según los expertos, tiene una antigüedad de más de 5.000 años y una extensión de más de 460.000 metros cua- drados. Es conocida por las “chimeneas de las hadas”, unas formaciones rocosas de forma cónica bajo las que existe un complejo sistema de túneles compuestos por multitud de habitaciones, escaleras, pasadizos, bodegas y habitáculos destinados a la oración. Aunque quizás la más visitada sea la ciudadela de Derinkuyu, descubierta en 1963, con capacidad para albergar a más de 20.000 personas. Con una antigüedad en torno a los 3.500 años y una profundidad de más de 85 metros, hasta la fecha se han encontrado 20 niveles de túneles, ade- más de numerosas entradas y salidas al exterior. Esta compleja ciudad está formada por una extensa red de viviendas, almacenes, establos, escuelas, cocinas comu- nitarias, baños, iglesias y cementerios. Los bereberes también construyeron sus viviendas bajo el suelo. Hace más de 3.000 años fundaron Mat- mata, en Túnez, aprovechando la suavidad de la piedra arenisca para excavar y por su resistencia para aguan- tar el paso del tiempo. Las casas de Matmata cuentan con un patio central, alrededor del cual se distribuyen las habitaciones que cuentan con techos revestidos de yeso, material que sirve para mejorar la estabilidad y el confort. Precisamente el confort es la nota común de todas estas urbes, puesto que, al estar bajo tierra, la inercia térmica permitía mantener el ambiente fresco durante el verano y protegía del frío inclemente del invierno en el desierto. Una vida diferente. Además del afán defensivo que llevó a las grandes ciudades del mundo (Berlín, París, Londres, Beijing, etc.) a proveerse de espacios seguros bajo tierra durante los conflictos bélicos, también hay un componente práctico en el subsuelo de las urbes, sobre todo las situadas en el hemisferio norte como Montreal, Toronto o Helsinki. En 1900, con la unión subterránea de la tienda prin- cipal de los grandes almacenes T Eaton con un anexo en una calle cercana, se ponía la primera piedra del Path de Toronto, una red de túneles de 30 kilómetros de longitud, que conecta más de 70 edificios y zonas co- merciales y que cuenta con 125 puntos de acceso a la superficie. El miedo a una posible invasión rusa durante la Gue- rra Fría empujó a las autoridades de la capital finlandesa a construir búnkeres defensivos. Pero no se quedaron ahí, ya que vieron que el subsuelo servía para acoger instalaciones, además del metro, de modo que el lecho de granito sobre el que se asienta Helsinki empezó a contar con enormes espacios como piscinas, pistas de- portivas, museos, iglesias, centros comerciales o una gran estación de autobuses. De este modo, el uso coti- diano de estos espacios permite un excelente estado de conservación en el caso de que hubiera que utilizarlos para la defensa de los habitantes de la zona. La Red Peatonal Subterránea de Montreal (RÉSO), en Canadá, también comenzó a construirse en la década de los sesenta del pasado siglo, siguiendo el trazado del metro. En este caso, fue la falta de espacio en la su- perficie lo que impulsó la construcción de un enjambre de galerías que acogen tiendas, restaurantes, hoteles, oficinas e instalaciones deportivas y que, a la vez, sirven de alternativa a la vida urbana cuando llega el frío. En la actualidad, RÉSO cuenta con 120 entradas y más de 32 kilómetros de túneles. En estos momentos, son muchos los proyectos para “conquistar” el subsuelo. Entre estos destacan la granja subterránea de Londres, que aprovecha los refugios construidos durante la II Guerra Mundial para obtener productos hortícolas y hierbas aromáticas mediante cul- tivo hidropónico; el gran aparcamiento para bicicletas de Ámsterdam junto a la Estación Central, con capacidad para más de 15.000 vehículos, o el gran centro de in- vestigación a 80 metros bajo tierra de Singapur donde, con una superficie superior a las 20 hectáreas, se estima que trabajarán más de 4.000 personas. Parece que bajo nuestros pies está la solución a la alta ocupación en superficie. Ahora solo falta encontrar cómo superar los “contras”.• A salvo de las bombas Bajo el paseo de Almería se sitúa uno de los refugios construidos para cobi-jarse de los bombardeos que padecie-ron los habitantes de la ciudad durante la Guerra Civil. En 1937, las autori-dades locales pusieron en marcha la construcción de más de 4 kilómetros de túneles, que se extendían a 9 me-tros de profundidad por todos los ba-rrios de la ciudad, para salvaguardar la vida de sus habitantes. Diseñados por el arquitecto Guiller-mo Langle Rubio, con la ayuda de Car-los Fernández Celaya y José Fornieles, ingenieros de Minas y Caminos, respec-tivamente, estos subterráneos tenían capacidad para acoger hasta 40.000 per-sonas. Para acceder a ellos, había más de 50 entradas distribuidas por la ciudad, dotadas con un sistema de protección contra avalanchas, y construidas con blo-ques de hormigón y contrafuertes que servían para contrarrestar la propagación de las ondas hacia el interior. En cuanto a la ventilación, esta se realizaba a través de tubos de uralita, de 100 milímetros de diámetro, capaces de resistir un ataque con granadas de mano. Una vez dentro, los habitantes se dis-tribuían a lo largo del pasillo (donde se encontraban dependencias de almace-naje de víveres y agua potable; incluso se llegó a construir un quirófano para aten-der a los heridos de los bombardeos) y debían respetar unas sencillas normas de convivencia para evitar altercados, como no fumar, no hablar de política ni religión y no dejar a los niños sin la vigilancia de un adulto. A salvo de las bombas © Museos Almeria Ciudad Bajo el paseo de Almería se sitúa uno de los refugios construidos para cobi-jarse de los bombardeos que padecie-ron los habitantes de la ciudad durante la Guerra Civil. En 1937, las autori-dades locales pusieron en marcha la construcción de más de 4 kilómetros de túneles, que se extendían a 9 me-tros de profundidad por todos los ba-rrios de la ciudad, para salvaguardar la vida de sus habitantes. Diseñados por el arquitecto Guiller-mo Langle Rubio, con la ayuda de Car-los Fernández Celaya y José Fornieles, ingenieros de Minas y Caminos, respec-tivamente, estos subterráneos tenían capacidad para acoger hasta 40.000 per-sonas. Para acceder a ellos, había más de 50 entradas distribuidas por la ciudad, dotadas con un sistema de protección contra avalanchas, y construidas con blo-ques de hormigón y contrafuertes que servían para contrarrestar la propagación de las ondas hacia el interior. En cuanto a la ventilación, esta se realizaba a través de tubos de uralita, de 100 milímetros de diámetro, capaces de resistir un ataque con granadas de mano. Una vez dentro, los habitantes se dis-tribuían a lo largo del pasillo (donde se encontraban dependencias de almace-naje de víveres y agua potable; incluso se llegó a construir un quirófano para aten-der a los heridos de los bombardeos) y debían respetar unas sencillas normas de convivencia para evitar altercados, como no fumar, no hablar de política ni religión y no dejar a los niños sin la vigilancia de un adulto. A salvo de las bombas © Museos Almeria Ciudad Bajo el paseo de Almería se sitúa uno de los refugios construidos para cobi-jarse de los bombardeos que padecie-ron los habitantes de la ciudad durante la Guerra Civil. En 1937, las autori-dades locales pusieron en marcha la construcción de más de 4 kilómetros de túneles, que se extendían a 9 me-tros de profundidad por todos los ba-rrios de la ciudad, para salvaguardar la vida de sus habitantes. Diseñados por el arquitecto Guiller-mo Langle Rubio, con la ayuda de Car-los Fernández Celaya y José Fornieles, ingenieros de Minas y Caminos, respec-tivamente, estos subterráneos tenían capacidad para acoger hasta 40.000 per-sonas. Para acceder a ellos, había más de 50 entradas distribuidas por la ciudad, dotadas con un sistema de protección contra avalanchas, y construidas con blo-ques de hormigón y contrafuertes que servían para contrarrestar la propagación de las ondas hacia el interior. En cuanto a la ventilación, esta se realizaba a través de tubos de uralita, de 100 milímetros de diámetro, capaces de resistir un ataque con granadas de mano. Una vez dentro, los habitantes se dis-tribuían a lo largo del pasillo (donde se encontraban dependencias de almace-naje de víveres y agua potable; incluso se llegó a construir un quirófano para aten-der a los heridos de los bombardeos) y debían respetar unas sencillas normas de convivencia para evitar altercados, como no fumar, no hablar de política ni religión y no dejar a los niños sin la vigilancia de un adulto. A salvo de las bombas © Museos Almeria Ciudad