Silvia Herreros de Tejada. Escritora, directora, guionista de ficción y productora teatral. La otra isla (Espasa) y Juvencolía (Debate) son sus últimas obras publicadas. EL PALACIO DE LA CALLE GOYA FIRMA INVITADA En la máquina del oculista, los muñecos parecían tristes, dibujados deprisa. Yo, con la barbilla apoyada en una mentonera que olía a lejía, tenía que juntarlos y separarlos. Una y otra vez. Pasar las tardes ahí era horrible. Mi madre esperaba en una sala, hojeando revistas mus- tias y doblando la esquina de las páginas cuando algo le llamaba la atención. Yo esperaba a que algo pasara. Un día, un señor con unas gafas tan gordas como las mías me pre- guntó si quería escuchar un cuento. Conocía uno de una princesa en- cerrada en un palacio, incapaz de salir de su torre. El palacio relucía más que los glaciares y era demasiado grande para alguien tan sola. Seguro que existía en algún lugar, aunque él no sabía dónde. —Me gustaría encontrarlo —dijo muy serio— y poder salvarla. Otra tarde más, de tantas y tantas, caminaba con mi madre por la calle Goya cuando algo me hizo entornar los ojos. Entre el azul del cielo apareció una torre altísima, llena de agujas y puntas y ventanas estrechas. Era tan blanca que casi hacía daño mirarla. Y muy arriba, una mujer observaba la ciudad desde la torre. —Mami —susurré—, es el palacio. Lo he encontrado. Ella levantó la vista apenas un segundo. —Claro. Cuando se lo conté al señor, me pidió que le describiera todo con detalle. La princesa, inventé, tenía el pelo negro y una tristeza cansa- da. Cada tarde mi cuento traía algo nuevo. Que ella, desde la torre, había aprendido a distinguir a las personas por cómo caminaban. Que elegía a alguien al azar y le imaginaba una vida entera. Que algunos días, al mirar abajo, le parecía bien que el mundo siguiera sin ella y otros, en cambio, le entraban ganas de regresar a la vida. El señor asentía despacio. Al cabo del tiempo preguntó por mis ojos. —¿Van mejor? Me dio vergüenza. No se lo había contado a nadie. Ni siquiera a mi madre. —A veces hago trampas —le confesé—, y cuando me preguntan si los muñecos de la máquina están juntos digo que sí, aunque sea men- tira. El señor se quedó callado. Pensé que me iba a regañar. —Entonces no verás bien el palacio —dijo. Pasó el verano. Cuando volví al oculista, él no estaba. —¿Y mi amigo de las gafas? —le pregunté a la enfermera. —¿Quién? ¿El ciego? Años después, camino al hospital donde me estaban tratando un cáncer, volví a pasar por delante de la iglesia de la Concepción en la calle Goya. Para entonces, mi madre ya había muerto. Muchas veces aún la escuchaba responderme “claro” sin pestañear. Como si en su mundo no fuera tan raro encontrar palacios de princesas en medio de Madrid. Yo, que ahora me había convertido en una mujer triste y siempre con prisa, pensé que la figura de arriba seguiría inventando vidas para quienes pasaban abajo. Quizá si me miraba a mí, el palacio podría curarme otra vez.