dades y láminas de hermeticidad que convierten nuestras casas y oficinas en auténticos búnkeres climáticos. Y sí, es innegable que gastamos mucho menos en cli- matización, pero, a cambio, he- mos creado un nuevo monstruo: la retención de contaminantes. Al sellar herméticamente los edi- ficios, el aire viciado, el CO 2 que exhalamos de forma natural, la humedad de las duchas y los te- midos compuestos orgánicos vo- látiles (COV) que desprenden los muebles o los productos de lim- pieza, se quedan atrapados ahí dentro con nosotros. Cuando intentamos auditar la salud de uno de estos espa- cios, solemos recurrir a medicio- nes puntuales, los conocidos spot checks. Pero, por ejemplo, medir la calidad del aire un martes a las diez de la mañana, con la oficina todavía sin entrar en pleno uso, nos da una pequeña muestra de un todo mucho más complejo. Esa lectura aislada no garantiza información sobre cómo se satura el ambiente tras una reunión de dos horas, o qué ocurre en un dormitorio cerrado durante toda la madrugada. El resultado es un fracaso silencioso: pasamos el 90% de nuestra vida en interiores asumiendo que el aire es bueno simplemente porque no huele mal o por- que el termostato marca 21 grados. Diseñamos sobre plano para rozar la perfección técnica y térmica, pero una vez entregamos el edificio, dejamos al usuario a su suerte, habitando atmósferas que merman su rendi- miento cognitivo y su salud. Hemos resuelto el problema de la energía, pero navegamos a oscuras en el mar de la salubridad interior. I nnov AT La Inteligencia Artificial permite a nuestra profesión tomar las riendas de la digitalización